lunes, 18 de julio de 2016

Algatria. Relato solicitado por Quenthel.

                Hoy tenía que haber sido un día fácil. Estamos a mitad de semana y los comerciantes ya no están tan nerviosos como los primeros días, y la gente empieza a notar el cansancio acumulado.  Cuando salí del Arrabal poco después de amanecer, todo parecía indicar que iba a ser un aburrido día más, de esos que a nadie le gustan. Pero no. Tenía que ser hoy el día que El Gremio utilizara para dar un escarmiento a todas esas ratas callejeras. Como yo.

                Si no sois de Algatria, dejad que os resuma la situación en la que nos encontramos: Hace más de doscientos años que no vemos una guerra de verdad, y los tiempos de paz nos han sentado relativamente bien. Desde las Guerras de las Tres Razas, todo ha sido un poco menos convulso y más sencillo, especialmente para los humanos, que al fin y al cabo salieron victoriosos del conflicto. Se fundaron diversas ciudades estado, aunque todas ellas tienen que responder ante el Rey Patule, un Sin Sangre con un pedigrí inmaculado. Los elfos y los enanos, a pesar de haber sido razas enemigas, y en aras de un futuro mejor, fueron exonerados. Se disolvieron sus organismos de mando, pero al margen de eso, apenas tuvieron castigo. Claro que nadie comenta en voz alta que se les perdonó porque eran artesanos sin igual y hubiera sido un desperdicio marginarlos de esta “nueva y brillante sociedad interracial”.
                Los orcos, sin embargo no tuvieron tanta suerte. Eran hábiles en diversas tareas pero tan solo alcanzaron la maestría en combate, y a nadie le apetecía que siguieran trabajando en sus dotes, así que se les impuso un castigo ejemplar. Se les acusó de haber sido los instigadores de la guerra, y se les obligó a firmar un contrato que los dejaba poco menos que en la esclavitud. Su número ha mermado considerablemente, y aunque ahora todavía los puedes ver por la calle, sería extraño que no estuvieran haciendo trabajos pesados o que nadie más quiere hacer.
                Al terminar la guerra los humanos se dedicaron casi exclusivamente al comercio. Se adueñaron mediante contratos exclusivos de los mejores artesanos de las diferentes razas y empezaron a comercializar sus mercancías. No tardaron mucho en obtener un poder casi mayor al del mismísimo rey, y formaron El Excelentísimo Gremio de Comerciantes y Artesanos, una organización casi tan pomposa como su nombre. Solemos llamarlo El Gremio, por acortar y eso.

                El Gremio, con el paso del tiempo desarrolló una genialísima idea para mantener a raya a las personas indeseables, o sea, cualquiera que no tuviera suficiente plata en los bolsillos. De vez en cuando los alguaciles de la ciudad recorrían las calles expulsando de la zona de mercado a todas aquellas personas que no estuvieran trabajando, o tuvieran suficiente dinero como para poder pagar un pasaje de tres monedas de plata. No lo hacían a menudo, porque sabían que de ese modo el comercio flojearía hasta límites insospechados, pero lo hacían lo suficiente como para que la mayoría de las personas no pudiera permitirse estar en el mercado esos días. La voz se extendía rápidamente, claro, porque esos días también eran conocidos por tener el número más alto de personas desaparecidas. Todo el mundo sabía que los guardias apresaban y ejecutaban sin miramientos a cualquiera que les hiciera la más mínima afrenta, pero era imposible hacer algo al respecto.
                Bueno, pues hoy era uno de esos días, y como yo había madrugado más de la cuenta para ver si conseguía aumentar mi “comisión”, no me habían podido avisar de que estaba empezando el jaleo hasta que me di cuenta yo mismo, y era demasiado tarde como para que pudiera salir de la zona residencial sin levantar sospechas. Tampoco podía quedarme, porque si algún soldado o alguacil me pillaba… digamos que aquello no podría acabar bien.
               
                Después de dar vueltas por las calles durante la mayor parte de la mañana, me encontraba en la plaza, observando atentamente desde la penumbra de un portón el ajetreo típico del mercado. En la plaza principalmente se concentraban los mercaderes de bagatelas, y alguna vez había un par de puestos de comida con tocino, panceta, hogazas de pan y embutido. Unos meses atrás un visionario mercader intentó vender fruta para refrescar a los compradores, pero la fruta se le estropeó antes siquiera de vender una sola pieza. Habíamos dejado de estar en guerra, pero la gente todavía quería ver sangre de alguna manera, parece ser. Yo probé sus manzanas, y estaban deliciosas. Es una pena que la gente no les hiciera aprecio.
                Llevaba poco rato allí cuando empecé a oír un extraño murmullo. Agucé el oído y pude comprobar que eran voces, hablando muy rápido y a distintos tonos de voz. Un susurro aquí, un grito allá, un gemido en el otro sitio. Algo había pasado. Varios alguaciles entraron en la plaza desde distintas calles, mientras por las contrarias la gente empezaba a irse poco disimuladamente. Yo me quedé quieto, porque sé por experiencia que moverte es la forma más fácil de que alguien se fije en ti. Aguanté estoicamente el rato suficiente para que la autoridad se empezara a entretener con los demás y trepé al tejado de la cantina. Con el árbol al lado y las ventanas bajas sin barrotes, era un milagro que no les hubieran robado más veces. Aunque era muy probable que fuera por que la pareja de enanos que llevaba el lugar era muy amable y trataba muy bien a todo el mundo independientemente de su raza o cartera a pesar de trabajar de sol a sol aguantando borrachos e inútiles.
Bueno, como iba diciendo subí al tejado y durante la próxima hora me dediqué a contar nubes tumbado como cualquier gato callejero. La verdad es que tenía suerte de ser un humano pequeño. A la mayoría de la gente la hubieran visto a pesar de estar en alto.
Me ha dado tiempo de ver diecisiete nubes con forma de dragón, jugar con tres gatos y espantar a tres palomas toca narices. ¡Ah! Y de contaros todo esto. Creo que ya es hora de que me asome a ver qué es lo que pasa ahí abajo.

No queda ningún alguacil, pero como he estado todo el rato tumbado y sin prestar demasiada atención, no sé por qué calles han salido, aunque imagino que si salgo por las que los he visto entrar no me encontraré con mucha gente. La pena de que Algatria no haya crecido más es que los edificios no están lo suficientemente cerca para ir de tejado en tejado. Bueno, voy a bajar a ver si puedo pasar desapercibido.

-          ¡Eh! Chaval, ¿qué haces ahí parado? Si tienes ganas de mear vete a otro sitio, me vas a espantar a los clientes –es Bul, el enano que se encarga de la cocina en la cantina. Parece un poco desorientado, llevará mucho tiempo entre fogones y habrá salido a tomar el aire. Mierda-.
-          Tranquilo, En, sólo estaba buscando algo de sombra. El sol hoy da poca tregua –pongo mi mejor sonrisa, a ver si cuela-.
-          Bah, vete por ahí y déjate de juegos. Es un día de mierda y no tengo ganas de discutir con nadie, ¡Fuera!

Por supuesto ya me había dado la vuelta y él me estaba gritando a la espalda. Los enanos son bastante simpáticos, si no están cansados. Si lo están son unos cascarrabias insoportables. Creo que por eso inventaron el aguamiel y la cerveza. Voy a ir por herrerías a ver si me da tiempo de acercarme a los muelles sin que me vean.

Llevo como veinte minutos andando por herrerías cuando por fin tengo ocasión de trabajar un poco. En la zapatería que hay frente a la forja de Petro Cemento hay un joven rico montando un poco de escándalo que voy a aprovechar para mi beneficio. Ya estoy lo suficientemente cerca como para que nadie note mi estrategia, así que volteo la cara y grito una despedida mientras finjo que me tropiezo y pierdo el equilibrio. Choco contra el joven y lo empujo un poco.

-          ¡Cuánto lo siento! –digo con la cabeza gacha y una maravillosa voz de pena. Cada vez se me da mejor-. Lo lamento de veras señor, espero que se encuentre bien.
-          ¡Largo de aquí inútil! Joder, le tenía que haber hecho caso a mi padre y no haberme acercado aquí hoy. Lo peor de cada casa se encuentra en herrerías. ¡Mierda! –Se dio la vuelta y se fue gesticulando como un loco que estuviera luchando contra molinos o algo por el estilo. Ricos. No hay quien los entienda.

Mmm. No pesa tanto como esperaba, aunque estos ricos tienen la dichosa manía de llevar varias bolsas repartidas por el cuerpo para que no se las roben todas. Y yo que pensaba que era tonto además de loco. En fin, supongo que con esta plata podré comer un poco de cochinillo asado en alguna tasca de los alrededores. Voy a ver si en Casa Justa sigue estando esa violinista tan guapa.
Mientas me dirijo hacia allí, alguien se choca contra mí y sigue corriendo antes de que pueda decirle de todo. Miro a ver si me ha robado algo pero sigo llevando las cinco bolsas que he sacado hoy.

-¡Al ladrón! ¡Al ladrón! ¡ESE MALDITO ELFO ME HA ROBADO! ¡QUE ALGUIEN LO PARE!

                Ah, menos mal que no es el noble que ha vuelto a por mí. Aunque aquél de allí delante hablando con el alguacil sí parece… mierda.


Continuará…

sábado, 2 de julio de 2016

Palabras que Forman Historias Cinco.


                             *Cancamusa, pichón, perroflauta, doritos, Ecuador, jipiar, guaje, plurisexualidad, cerveza, megatrón.             

       Se hallaba en medio de una acalorada discusión en el bar de su hotel en Quito, Ecuador. Acababa de terminar la carrera, licenciándose en Literatura en la universidad de Harvard, y había decidido pasar un verano inolvidable visitando diversos países de América del Sur. Entre cerveza y cerveza, picando doritos, patatas y frutos secos, la conversación avanzaba cada vez más fluida. Henry se había encontrado en el hotel a un grupo de turistas europeos y conversaban en un popurrí de lenguajes en el que ningún tema era tabú. Hacía poco una de las chicas, Cornelia, una alemana que destacaba en la multitud primero por su despampanante físico y después por su inusitado desparpajo, había empezado a hablar sobre cómo la sociedad cada vez avanza más hacia la plurisexualidad. Cornelia estaba manteniendo una relación abierta con Hans y Sofía, una pareja de Austria que había conocido en el avión.
Según Cornelia, los roles de género cada vez se difuminaban más y más, y terminarían convirtiendo las relaciones tradicionales en la excepción. Henry por su parte mantenía una sana y tolerante visión al respecto, aunque difería en el concepto de relaciones tradicionales. Al fin y al cabo en las antiguas civilizaciones el amor romántico no existía y el sexo entre personas del mismo sexo era tan común y normal como el sexo entre personas de diferente género. Además, Henry estaba convencido de que si los más oscuros deseos de la mayoría de las personas guardan relación con bacanales y desfases similares, por algo será.

Horas más tarde, visiblemente afectada por el desenfreno al que se había sometido, Cornelia se levantó y besó apasionadamente a Henry, dejándolo estupefacto.
-Bueno, pichón, espero verte esta noche en el concierto de Megatrón. Creo que todos los demás van a ir –Cornelia volvió a besar a Henry, tratando de convencerle de que le convenía dejarse caer por el concierto-.
-Mmm. Creo que será interesante, tienen pinta de tocar muy, pero muy bien –sus ojos, juguetones, chispeaban a causa del alcohol mientras observaba embelesado a Cornelia. Ella rio y se despidió con un ademán y una sonrisa-.
Henry se levantó, un poco encorvado y se encaminó hacia los ascensores que se encontraban junto a la puerta del bar.
-¡Eh, guaje! –Le gritó Marta, una jovencísima española de pelo rizado y pecas que le conferían un encantador aspecto inocente-. Te olvidas la cartera, Cassanova –le dijo mientras se la lanzaba-.

Cuando Henry llegó a la puerta de su habitación, que se encontraba en la cuarta planta, vio que Cornelia estaba sentada al final del pasillo, en su puerta. Quizá se había dejado la llave en el bar y le daba pereza ir a buscarla.
-¡Cornelia! ¿Qué haces allí sentada? –gritó el joven, quizá con más vigor del que esperaba-. ¿No puedes entrar? Ven aquí, todavía me queda algo en el mueble-bar, si quieres.
La bellísima alemana se levantó y avanzó hacia Henry contoneándose. Casi parecía estar exagerando su movimiento de caderas, pero Henry estaba un poco aceptado y no podía pensar con claridad. En cuanto la joven lo alcanzó, éste abrió la puerta y ambos se adentraron en la calurosa habitación, un tanto lúgubre y mal iluminada. Aun no se había cerrado la puerta y Cornelia se abalanzó sobre Henry, empotrándolo contra la pared con inusitada violencia. Un gemido escapó por los labios entreabiertos del joven, pero la muchacha no tardó en silenciarlo con sus besos.

Alguien llamó a la puerta, y como no obtuvo respuesta, gritó:

-Eh, mamones, menos diversión, que vamos a llegar tarde al concierto –les gritó una estentórea voz masculina, muy grave.
                Unos quince minutos después, tras numerosos intentos de interrupción, Henry estaba recogiendo su ropa del suelo, y pasándole a Cornelia que todavía yacía en la cama la suya. Cuando levantó la blusa, una tarjeta cayó al suelo y Henry sonrió. Se volvió y le dijo a Cornelia:
                -Así que todo eso de estar sentada en el pasillo era una cancamusa. Querías que te invitara a entrar, maquiavélica y hermosísima mujer.
                -Culpable –reconoció ella, todavía con rubor en sus mejillas, pero un deje de desafío en su voz-. ¿Me vas a castigar por ello?
                Como toda respuesta oyó una sonora carcajada y su blusa le cayó sobre la cabeza. Se terminaron de vestir y salieron al pasillo. Hans y Sofía estaban allí sentados, algo apesadumbrados. La joven sollozaba y oyeron que Hans hablaba con ella.

                -Venga So, ya vale de jipiar. Sabías lo que había cuando empezó todo esto, pensaba que eras lo suficientemente madura como para soportarlo. Si no puedes entender que otras personas pueden hacerla feliz, deberías quedarte al margen. Solo vamos a estar aquí un par de semanas, se supone que veníamos a pasarlo bien, a ser felices.
                -No lo entiendes Hans. Estoy enamorada de ella. Tanto que me duele, mucho. No es algo que pueda controlar, o racionalizar. Ha pasado y punto. Prefería que tú te hubieras liado con ese perroflauta antes que ella, maldita sea. Me dolería menos.


                Henry y Cornelia se miraron, sin entender que un acto de amor desinteresado pudiera generar tanta tensión. Se acercaron a la pareja, ella decidida y él un tanto cohibido. Definitivamente no era así cómo esperaba pasar su “verano inolvidable”, pero estaba convencido de que aquellos recuerdos quedarían grabados en su memoria para siempre.

lunes, 23 de mayo de 2016

Estanterías

        Se sentía cansado y sus párpados no paraban de presionarle para que se rindiera. Pero todavía era pronto, aun le quedaban muchas cosas por hacer. Quizá debiera… pero no, no podía. Ya descansaría más tarde. Sí, dormiría entonces y repondría fuerzas para otro día agotador. Genial, tantos años sin ajetreo por fin se cobraban la temida venganza. Pero no tenía más tiempo que perder divagando, claro.

      Hizo un titánico esfuerzo para abandonar la silla y ponerse en pie. Tras ese primer impulso parecía que su cuerpo era más liviano, o al menos se sentía con más energía. Se encaminó hacia la estantería y extrajo un pesado tomo, el único sin polvo en aquél polvoriento estante. Diantres, había tanto polvo que el mero hecho de sacar aquél volumen había creado una nube que se acercaba peligrosamente a su nariz. Maldición, ya notaba aquél dichoso cosquilleo que… estornudó estentóreamente y se alegró de estar solo. Luego, por su puesto, se acordó de que no lo estaba. O ella se lo recordó. Como fuera.

-          Madre del amor… Salud. ¿Ya has decidido qué nombre le vas a poner? porque digo yo que después de tanto trabajo para traerlo al mundo… -la joven sentada a su espalda sonrió con malicia. Era atractiva, aunque casi todo su encanto radicaba en su avispado ingenio. Su preciosa sonrisa era como una radiante armadura que la protegía del mal humor de los demás.
-          Pues… esto… No tenía pensado nada. ¿Tienes alguna sugerencia? Aunque sólo sea por proximidad te toca ser la madrina de la criatura –No se recompuso mal, dadas las circunstancias. Con ella todo funcionaba así. Por encima de su belleza, o de sus encantadores ojos, que convencían a la mayoría, ella necesitaba un reto intelectual. Algo así como fuego para su pasión dialéctica. Por supuesto, ella no tuvo que pensar demasiado. Tenía la respuesta preparada. Maldito fuera su ingenio.
-          Sí, me recuerda mucho a un desagradable profesor que… -Arrancó en el acto, pero él la interrumpió:
-          ¿y quién ha dicho que haya sido un “él”? –entrecerró los ojos, desafiante. Ella sonrió.
-          Touché. Odio cuando haces eso –Mintió, claro. Le encantaba.
-          No, no lo odias. Esto, por otra parte… -dejó que el silencio se extendiera como una fina capa de hielo, atenazándola, advirtiéndola.- Ahora que tú y tu afilada lengua estáis despiertas, quizá podríais ayudarme a investigar, digo yo.

Haciendo una mueca y sin decir palabra, la muchacha se encaminó hacia la estantería, contoneándose todo lo que pudo. Se plantó junto a él, y se estiró para alcanzar un grueso volumen que tenía detrás. No lo rozó por milímetros, por supuesto.

Tragando saliva, él sonrió: “Entendido, la lengua no es lo único afilado que tienes. Los dos lo sabemos. Sí, me pones nervioso. Sí, si quisieras seguramente me arrojaría a tus pies. No, todavía tengo dignidad. No, no soy un baboso. ¿Podemos centrarnos ya?”  Ella le devolvió la sonrisa y le dio un beso en la mejilla: “Perdón”.

domingo, 31 de enero de 2016

Leyendas de Col Miyo

Alzó la mirada e izó la bandera con orgullo. Esta vez lo había conseguido: por fin llegaba el primero en la carrera del Día del Héroe. Atrás quedaban sus anteriores intentos, las lágrimas y el sudor derramados en pos de aquél sueño. Atrás quedaban sus noches sin dormir, fantaseando con que algún día lo lograría. Delante… delante se abría un mundo lleno de posibilidades. Con los ojos vidriosos de la emoción, echó la vista atrás por última vez.

            Durante casi cinco años se había dedicado prácticamente por completo a entrenar. Había reducido su jornada laboral al mínimo, gracias a la influencia de su madre y al apoyo de su padre, y pasaba más de seis horas diarias entrenando, excepto un día por semana, en el que dejaba a su cuerpo descansar. Su día libre, sin embargo, lo dedicaba a pasear por el bosque tratando de conectar con su tótem animal.
            En la zona en que vivía habían mantenido antiguas y místicas tradiciones a través de los cuentos que contaban a sus hijos. A él, la historia que más le gustaba era la de “La luna, la joven y la loba”.
Ésta básicamente narraba la aterradora noche en que una joven niña, cuya edad variaba según quién contara la historia, se perdió en los alrededores de Col Miyo, el pueblo en el que él vivía. La joven había ido con su madre y su padre al bosque por la tarde, a rezar a la diosa del Árbol Madre para que su hermano naciera sano y fuerte. En un descuido de sus padres ella siguió una voz que la llamaba y terminó adentrándose en el bosque.
Las horas pasaban y por mucho que los padres gritaran y desesperaran, ella no aparecía. Cayó la noche y las nubes cubrían el cielo. Sin la luz de la luna para seguir con la búsqueda, no les quedó otro remedio que rendirse y dejar sus esperanzas de reunirse con su hija hasta la mañana siguiente. Pasaron la noche al abrigo del Árbol Madre, rezando.

En cambio, la joven niña siguió escuchando esas voces que la atraían. Parecía hallarse bajo el influjo de algún hechizo, pues seguía y seguía sin importar los obstáculos que hubiera a sus pies. Con gracilidad inusual en una niña de su edad, sorteaba ramas y árboles caídos, arbustos y pequeños arroyos sin apenas perder tiempo. Al cabo de una hora llegó a un pequeño claro junto a un talud con una hendidura lo bastante grande para que un adulto la atravesara sin problemas. Ella no se lo pensó y se adentró en la oscuridad…

jueves, 30 de julio de 2015

Palabras que Forman Historias Cuatro

                            "Introspección, calimero, inmarcesible, unicornio, punto G, schnitzel, hipoglúcido, promiscuo, melodía, japonesas y salamandra."

               Lorenzo castigaba con sus rayos aquella pequeña localidad ubicada en algún punto entre las montañas. Aquél pueblo era lugar habitual de retiros de yoga en particular y de amantes de la naturaleza en general. Emplazado en un entorno privilegiado y rodeado por bosques imposibles de imaginar para la gente de ciudad, parecía un recuerdo imborrable de un pasado ya olvidado. Las altas cumbres que se vislumbraban en derredor se hallaban cubiertas de nieve hasta bien entrado el verano, lo que desde luego era una muestra más de su pintoresco encanto. Gracias a esas nieves tardías los ríos de la zona se mantenían caudalosos y todo estaba lleno de vida.

                Los jóvenes habían decidido dedicar un fin de semana a alejarse del mundanal ruido de la ciudad y a buscar la inspiración adentrándose en la naturaleza, así que aquél destino les había cautivado de inmediato.
-          Creo que ya estamos llegando –dijo Elena, sin sonar del todo convincente-. Espero que no haya demasiada gente, al fin y al cabo es un lugar bastante turístico…
-          Tranquila, cuando llamé hace un par de semanas me dijeron que tenían casi todas las habitaciones libres en el hostal. Mira –le dijo Miguel señalando un apeadero que había junto a la carretera- podemos parar ahí y asegurarnos con el gps del móvil de que estamos yendo en la dirección adecuada.
-          ¿Estás insinuando que no sé por dónde tengo que ir? –la joven puso cara de pocos amigos pero enseguida suavizó su rostro-. No, estoy casi convencida de que aquél pueblo pequeño que se ve al fondo del valle es nuestro destino.

Ambos guardaron silencio mientras una melodía pegadiza sonaba en el mp4 que tenían conectado al coche.  Apenas diez minutos más tarde Elena había detenido el vehículo a la entrada del pueblo. No estaban hoscos, pero aunque sabían que su amor era inmarcesible tenían sus momentos de fría introspección. Normalmente eran las pequeñas discusiones o las púas que se soltaban de vez en cuando las que avinagraban su relación, aunque ya habían aprendido a respetar sus espacios personales. No había sido un acuerdo tácito, pero su mutua confianza les permitía no temer un distanciamiento. Además, aquellos momentos tampoco duraban demasiado.

-¡Ah! –exclamó Miguel- Qué susto me ha dado esa lagartija.
-Oh, Dios mío –dijo Elena poniendo los ojos en blanco-. Menos mal que no soy la típica princesita de cuento de hadas con un unicornio por montura y unos duendes por amigos…
-No, tú a veces pareces una de esas japonesas de las películas de miedo –contestó Miguel sacándole la lengua mientras recibía un puñetazo de Elena en el hombro-.
-Además –añadió Elena sin darle mucha importancia- no era una lagartija, sino una salamandra.
-… whatever –dijo Miguel, que fue quién puso los ojos en blanco en esta ocasión-. Venga, vamos al hostal que tengo unas ganas locas de darme una ducha y sacarme el polvo del camino.
Elena le sonrió con unos ojos que brillaban llenos de picardía, pero no añadió nada más.

                Una vez en el hostal dejaron las cosas con avidez y se encaminaron a la ducha. Se llevaron un pequeño chasco ya que el plato de la ducha era demasiado pequeño y la mampara no les dejaba muchas opciones: era anatómicamente imposible que cupieran los dos ahí dentro, así que no pudieron compartir un momento de fugaz intimidad.
Miguel, visiblemente abatido, se dirigió a la sala principal y encendió la tele mientras Elena se duchaba. Le sorprendió ver que en el canal autonómico estaban reponiendo calimero y de repente le embargaron recuerdos de otro tiempo, cuando se acurrucaba en el sofá de sus abuelos y seguía las aventuras de aquél desdichado polluelo. Cambió de canal y esta vez se encontró frente a la eterna serie de la familia amarilla. Inquieto, se levantó y empezó a deshacer la mochila para hacer tiempo mientras la ducha quedaba libre. Craso error, puesto que terminó golpeando el armario con el punto G del dolor unisex: el dedo pequeño del pie. Se derrumbó sobre la cama conteniendo una maldición y esperó.

Una vez la joven pareja se hubo acicalado, bajaron al restaurante. Mientras se acercaban, oían retazos de una acalorada y unilateral discusión:

-… tratarme así. No, lo que eres es un hij- la delicada posadera se interrumpió visiblemente avergonzada al ver que los jóvenes entraban en el comedor- un hipoglúcido. Y no quiero que vuelvas a llamarme. Nunca. ¿Te enteras? Estoy harta de tus historias de taberna medieval –la menuda mujer calló, escuchando algo al otro lado del teléfono-. Si quisiera estar con un promiscuo, me aseguraría de que por lo menos fuera guapo o sirviera para algo más que rascarse los huevos. Vete a la mierda, joder. ¡QUE ME OLVIDES! – estampó el teléfono, que se reveló con un crujido de protesta, en su soporte-. Lo siento, no pensaba que fuerais a bajar todavía.
- No te preocupes, es mejor dejarles las cosas claras a tiempo –contestó Elena-.
-Si quieres volvemos en un rato, podemos ir a dar una vuelta por el pueblo para hacer hora –añadió Miguel, lanzando una mirada a su compañera-.
-No digáis tonterías, un gilipollas así no va a hacer que desatienda mi trabajo, ¡faltaría más! Sentaos donde queráis y enseguida os llevo la carta. Aunque casi todo el mundo termina pidiendo el plato estrella de nuestra cocinera austriaca, Helga: Wiener Schnitzel.

lunes, 13 de abril de 2015

Mira

            Se encontraba alegremente sentada en el borde de una roca desgastada ya de tanto ser usada de banqueta. Su mirada se alzaba al cielo y contemplaba distraída la miríada de estrellas que parecían estar clavadas en aquél enorme lienzo oscuro que componía el firmamento. Aquél reflejo pacífico y eterno, se sorprendió pensando, no se parecía en absoluto al caos de su desbordada imaginación.
Desde que era niña veía cómo su imaginación cobraba vida en cualquier momento, hasta el punto de ver una historia completa desfilar ante sus ojos mientras observaba la superficie de un lago mecida por el viento. Allí, en vez de fantasear con animales marinos cómo cabría esperar, ella era capaz de descubrir la historia de Talud el Elefante, el último paquidermo del espectáculo del circo Presagio.  Aquella singular habilidad le había costado numerosos problemas en su corta vida, y a menudo se lamentaba por ello. No era capaz de concentrarse en nada, y a raíz de su “don” veía pasar las oportunidades silbando delante de sus narices sin que pudiera hacer algo para evitarlo.
Aquella era la finalidad de su excursión nocturna al Lago del Olvido. Aquél era el motivo de que se encontrara allí sentada. Quería cambiar su forma de ver el mundo, su forma de vivir. La calmada contemplación del universo siempre la ayudaba a tomar distancia. Allí se sentía una pieza más de un inmenso rompecabezas, cuya única finalidad era encajar en su sitio. Pero claro, ese era parte del problema, porque no tenía ni idea de cuál era su lugar.

La suave brisa que la envolvía cuando llegó a su lugar de pensar se había convertido poco a poco en un fuerte viento que azotaba sin piedad la superficie del lago y a ella misma. Soplaba entre los árboles y los obligaba a bailar al son que tocaba, como forzaba a los animales a buscar refugio allí dónde lo encontraran. El viento arrastraba hojas anaranjadas, ahora recogidas del suelo y ahora arrancadas de las delgadas ramas de sus dueños. A nuestra joven amiga le fastidió mucho tener que dejar lo que estaba haciendo, pero no se había llevado ropa de abrigo y aquél maldito viento la empezaba a hacer tiritar.
Tenía una larga caminata hasta casa, así que buscaría algún lugar en el que el viento no pudiera entrar, porque la temperatura todavía era agradable. Deambuló observando por aquí y por allá hasta que encontró lo que buscaba: un tronco derribado con las raíces fuera. Parecía un bonsái que alguien hubiera arrancado para trasplantarlo pero que se hubiera quedado allí sin lugar al que ir. Ella se acercó más y comprobó que el viento chocaba contra las raíces, así que en la parte de la base del tronco estaría a salvo del viento. Aunque la luna brillaba más que nunca en el cielo, lo mejor era moverse con cuidado porque había muchas piedras y raíces que podían hacerla tropezar.
Una vez alcanzó su destino vio algo que hizo que su sangre se helara en sus venas. Se quedó allí, pasmada, observando cómo un lobo herido se lamía una pata. Encima del tronco, bastante por encima del lobo, un gato observaba la situación con recelo. Mira no sabía qué hacer, pero sintió una intensa oleada de compasión por el animal, así que decidió acercarse despacio. Cuando el lobo la intuyó, alzó la vista y llevando la piel del morro hacia atrás le enseñó los dientes a la vez que empezaba a gruñir. No quería que lo molestaran. Mira entonces se dio cuenta de algo: aquél lobo no era demasiado grande, por lo que debía ser un cachorrillo que se hubiera perdido. Levantó su mano y la puso delante del cuerpo, hacia el temeroso animal. También empezó a emitir un siseo suave, el mismo sonido que hace una madre cuando quiere tranquilizar a su pequeño cuando llora. El lobo siguió gruñendo, pero cada vez con menos determinación, hasta que finalmente dejó de hacerlo y volvió a lamerse la pata.
Mira se acercó lo suficiente y se sentó a su lado. Entonces acercó una mano hacia el animal y la dejó a mitad de camino, esperando que el lobo la buscara. No pasó mucho tiempo hasta que la curiosidad del cachorro hizo que empezara a olfatear la mano de la joven. Poco después ella empezó a acariciar la cabeza del lobezno y vio que a él le encantaba. Entonces ella desvió su vista hacia la pata del animal y vio qué era lo que le molestaba: algo se había enredado alrededor de la corva de la pata y le impedía doblarla con normalidad.

La joven, muy despacio, empezó a acercar sus manos hacia la pata, pero el animal se revolvió incómodo. Entonces Mira volvió a acariciarle la cabeza con su mano izquierda mientras con la derecha terminaba de acercarse a la zona delicada. Entonces, con suma delicadeza, Mira empezó a desenvolver aquél trozo de plástico. Tiraba por aquí y por allí con cuidado, y cuando cedía un poco lo movía hacia el extremo de la pata. Unos pocos minutos después, el lobezno ya era libre. Estiró y dobló la pata para asegurarse y se la lamió. Luego miró satisfecho a la joven, quién le acarició detrás de las orejas. Podía apreciarse la felicidad en el rostro del animal, al igual que en la tez de la joven muchacha, que se sentía satisfecha consigo misma. Estuvo bastante rato allí sentada, protegida del viento con su nuevo amigo, pero no pasó mucho hasta que el gato que los había estado observando desde arriba del tronco se uniera a la fiesta. Aquella era una noche mágica, ¿Qué otras sorpresas le deparaba?

miércoles, 11 de marzo de 2015

La Princesa

La Princesa que Miraba la Luna y Nada Soñaba...
...porque nada dormía.

    En un lugar ni cerca ni lejos, aquél dónde los caminos confluyen y gente de todos los lugares se reúne, vivía una hermosa princesa envuelta en un mar de melancolía y una niebla de soledad. No es que no tuviera gente con la que compartir su vida, y quizá ese era parte del problema. Veréis, a veces es más difícil tener mucha gente alrededor que no tener a nadie, porque cuando no tienes a nadie... bueno, nadie puede decepcionarte. Sin embargo cuando hay mucha gente cerca, no todo el mundo se preocupa por ti y te arropa. Habrá quien diga que eso es falso, y si eso fuera verdad me alegraría por ellos, pero lo dudo.
   Nuestra preciosa princesa vivía encerrada en su palacio de cristal y bruma de mar, encerrada en una jaula sin barrotes y protegida por un dragón sin alas. Su más fiel compañero era un fénix que casi no tenía plumas y que estaba esperando volver a las cenizas que lo habían traído al mundo. La joven anhelaba respirar el aire de otros lugares y pisar la fina arena de las playas al otro lado del mundo. Diablos, incluso se contentaría con sentir el frío de los glaciares que moran donde acaba el mundo... pero nada de esto era posible. No, aunque era una privilegiada princesa y disponía del amor de sus súbditos, también estaba condenada a morar para siempre en sus tierras, y eso la apenaba enormemente.

  Ella se entretenía leyendo libros que la alejaban de allí pero era más feliz cuando la Luna adornaba el firmamento y su fría luz bañaba su rostro y sus dominios. Estaba acostumbrada a dialogar con ella, que era su confidente y su mejor amiga. Sabía escuchar como nadie aunque no era muy dada a conversar, pero eso no importaba. La Luna guardaba los secretos más importantes de la princesa, aquellos que nadie más sabía, e incluso alguno que ni la propia princesa conocía. La alargada sombra ambarina del atardecer daba paso a los oscuros rincones de la noche, y éstos a su vez veían cómo el halo dorado se expandía para cubrir todo lo que la vista podía observar. La princesa era testigo de esta mágica transformación todos los días, así que cuando tenía que hacer sus deberes señoriales se encontraba sin fuerzas y abatida. Veréis, nuestra princesa era como una ola del mar. Cuando abre los ojos al despertar es dubitativa y frágil, pero va cogiendo fuerzas conforme avanza el día hasta convertirse en toda una fuerza de la naturaleza por la noche.
   Pero, como no puede dormir cuando el sol se oculta, toda esa fuerza se derrumba cuando la sonrisa del astro rey se encuentra con la suya. Entonces sus fuerzas reposan y el ciclo vuelve a empezar, aunque ella está tan agotada que las pocas horas que duerme no le aportan nada. Cuando era más joven, sus sueños proféticos la colmaron de esperanzas para el futuro, pero ahora... ella veía cómo se evaporaba todo aquello que una vez imaginó.
   Cuando hasta la reina hubo perdido la esperanza, un errante peregrino llegó al palacio de bruma de mar. No tenía mucho que ofrecer e iba cubierto con harapos, pero quiso mostrar su respeto a aquél lugar precioso atrapado en el tiempo. Los súbditos lo miraban con recelo e incluso los guardias se plantearon no dejarlo entrar en la corte, pero la amorosa princesa vio cómo sus sueños volvían a aflorar. El peregrino tendría tantas historias que contar...
  Ella lo recibió sin pensar en su apariencia y viendo tan sólo el secreto que cargaba en el corazón. Vio su bondad y la persona en la que se convertiría, y su corazón se pobló de ternura y admiración. Él, por su parte se sintió intimidado ante la belleza de aquella princesa pero lo que más le impresionó fue el amor que radiaba de su alma. La princesa parecía un ser etéreo pues guardaba las distancias con las personas, no dejándoles ver más allá de lo que ella quería enseñar, pero el misterioso peregrino era capaz de ver a través de aquella capa de bondad y cariño. No, él podía ver sus secretos y el amor que guardaba por miedo a perder. 
  Charlaron durante horas y se sorprendieron de lo bien que se conocían. Siguieron conversando, haciendo confidencias y riéndose de cosas sin importancia hasta que la princesa sintió que estaba reteniendo al peregrino más tiempo del que debería después de una larga jornada de camino. Se despidió de él, y le instó a usar las habitaciones de invitados de que disponían las dependencias reales, pero él rehusó la invitación. Le dijo que tenía que continuar su viaje aunque era de noche, pero que volverían a encontrarse antes de lo que ella podía imaginar. Ella insistió pero él no cedió en su idea de partir en pos de la siguiente parada de su viaje. La princesa tampoco estaba dispuesta a rendirse, así que finalmente el peregrino accedió a, por lo menos, tomar un baño y cambiar sus andrajosos ropajes.

   Mientras el peregrino estaba en los baños, la princesa fue a su balcón preferido a contar todo lo que había pasado a su mejor amiga, pero cuando llegó allí, se encontró sola. Una miríada de estrellas la observaban indecisas pero la Luna no adornaba el firmamento con su tierna luz y su calmada sonrisa. La princesa, no obstante, se quedó admirando la belleza de unas estrellas que solían pasar inadvertidas y cuyo brillo parecía menor de lo que era cuando la Luna las escondía. Tras un buen rato, decidió ir a despedirse del peregrino, que debía estar a punto de reemprender su viaje.
   El joven peregrino parecía otro tras el generoso baño que la princesa le había proporcionado, y sus claros ropajes parecían brillar bajo la atenta mirada de las estrellas que la princesa acababa de observar. Ella se quedó allí plantada, frente a su invitado, sin poder articular palabra. Por la tarde, mientras conversaban, le parecía que lo conocía de toda la vida. Ahora, frente a su yo más hermoso, tenía la sensación de que lo conocía de alguna parte, pero era incapaz de atar los cabos, que rebotaban juguetones en su mente. Se quedó pasmada frente a un hombre que acababa de conocer y al que hasta unos instantes  antes sólo había visto como un libro de aventuras. Aquello la avergonzaba, pero era incapaz de reaccionar.

-Tranquila mi princesa, guardaré vuestros secretos -dijo el joven peregrino con una voz dulce y juguetona mientras la miraba a los ojos -.


   Entonces con su mano derecha sujetó con delicadeza la barbilla de la princesa y le robó un beso. Se dio la vuelta y agitó su mano izquierda para despedirse de la estupefacta princesa. Cuando ella se dio cuenta de lo que había pasado, salió en pos del joven, pero fue incapaz de encontrarlo. Se dejó caer al suelo y vio que un grueso haz de luz plateado engullía su sombra. Alzó la vista sabiendo lo que iba a encontrar: la Luna.