martes, 9 de septiembre de 2014

Mil Puertas

     Había mil puertas esperando ser abiertas, o al menos miradas con anhelo. Querían ser usadas, no estar allí plantadas como el árbol que una vez fueron a la espera de que alguien les diera utilidad. Cada una de ellas tenía sus propios sueños y esperanzas. Algunas eran sinceras, mientras que otras eran traicioneras y algunas tan sólo eran juguetonas. Ninguna característica las diferenciaba, y cualquiera que llegara allí no sabría a qué atenerse. Un verdadero salto de fe a un destino incierto.

     Sheerly había salido temprano de casa, mientras su compañera de piso se daba una ducha. Ella odiaba bañarse, hasta el punto que la mera idea de hacerlo le provocaba un tenso temblor en todo el cuerpo. Pero su compañera lo adoraba. De hecho, pasaba tanto tiempo en el agua que era extraño que no le hubieran nacido agallas de repente. Estas y otras cosas pasaban por su mente mientras Sheerly paseaba ágilmente por el vecindario, sin llamar la atención de nadie, casi como si fuera un fantasma. Casi cuando había salido del pueblo y una inmensa emoción empezaba a brotar de su corazón, un perro la descubrió y empezó a ladrar. La ubicó al instante y empezó a perseguirla, ávido de algo más útil que hacer que estar tumbado al sol o perseguir palomas.
     Sheerly, que tenía pánico a los cánidos, corrió por su vida, como tantas otras veces. Ésta, sin embargo, tuvo bastante suerte porque no estaba demasiado lejos del linde del bosque, al cual pudo llegar sin cansarse demasiado. Una vez allí, decidió que lo más sensato sería trepar a un árbol y esperar que el cuidador del perro hiciera su trabajo. Con gracilidad y sin esfuerzo, subió por el ronco del árbol y se agarró a una gruesa rama que estaba a unos seis metros del suelo. Como no tenía prisa, se sentó. No pensaba estar allí parada demasiado tiempo.

      Una voz deshizo el silencio que se había entretejido alrededor del árbol:

-Kuco, ¿dónde demonios te has metido? -En la voz del panadero se podía notar un tono de mando, se notaba que era el alfa- Ven aquí chico, ¡vamos!
     El perro, que en ese momento estaba olfateando su propia orina, alzó la cabeza y sus orejas se pusieron de punta en un instante, tratando de predecir la situación de su cuidador. En cuanto supo dónde estaba arrancó a correr y se alejó del árbol, como si hubiera olvidado qué lo había arrastrado hasta allí.
    Un par de minutos después, Sheerly se desperezó con elegancia y bajó del árbol sin mucho cuidado. Entonces reanudó su marcha, adentrándose en el bosque.

     Algún tiempo atrás, en uno de sus fugaces paseos, había descubierto un extraño cementerio. En mitad del bosque, en un aireado claro, había unas extrañas construcciones de piedra que parecían ser muy antiguas. Buscando alguna entrada, descubrió una abertura diminuta por la que se metió sin mucho cuidado, como hacía siempre. Su curiosidad estaba mucho más afilada que su sentido común, y su instinto la había ayudado a evitar tensas situaciones de las que no pudiera salir hasta entonces, así que tampoco se preocupaba mucho.
    Tras arrastrarse por un túnel durante un buen rato, encontró una enorme sala extrañamente iluminada. En aquella habitación no había ventanas, tan solo unos extraños agujeros en el techo por los que manaba la luz. Lo que sí había, y en una cantidad anormal, eran puertas. Había puertas en todos los lugares. Puertas de distintas formas y tamaños. Puertas rotas, puertas nuevas. Puertas.


      Una vez más, la curiosidad de Sheerly la empujó a investigar aquella estancia, así que se acercó a varias puertas, aunque no se decidió por abrir ninguna, porque ninguna le llamaba la atención. Entonces, cuando el aburrimiento empezó a hacer mella en ella, encontró una puerta azul con unos garabatos que desprendían un brillo blanquecino. Era esa, tenía que abrirla. Sólo tenía un problema: la puerta medía más de doce pies y era sólida y gruesa. Y ella era una gata que no llegaba siquiera al picaporte.